Tras los barrotes oxidados, el metal retorcido como venas de un cuerpo olvidado, guarda cicatrices de tormentas que ya no recuerdan su nombre. Cada alambre es un latido que se apagó, un intento de contener lo que siempre termina escapando: la luz, la hoja, el pájaro que cruza el cielo sin pedir permiso.
Entre el hierro y la torre, la naturaleza se cuela sin pedir perdón. Las ramas se inclinan, se enredan, se hacen parte del encierro hasta que ya no se sabe dónde termina la jaula y dónde empieza el árbol. Así es la vida: siempre encontrando grietas, siempre empujando hacia la luz, siempre recordándonos que la libertad no se pide, se respira.
Antiguo palacete de Alvinesa situado en Daimiel.
Foto SMCE




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