Tenemos la obligación moral de transmitir a nuestros hijos y nieto s (cuando tengamos) el patrimonio devocional que hemos heredado o, incluso, el que hemos sido capaces de atesorar durante los años de pertenencia a nuestra hermandad , bien sea desde el anonimato de una presencia ocasional, de una visita esporádica pero reparadora y vitalizadora a nuestros titulares, de la incorporación anual al cortejo penitencial, siempre distinto, siempre pleno de vivencias y recuerdos entrañables, e incluso, en la distancia, aferrándonos a la estampa que guardamos con mimo y mostramos a los demás, en prueba palpable de nuestros sentires espirituales, o bien desde el compromiso adquirido en una etapa indeleble de nuestras vidas, por haber asumido responsabilidades de gobierno y que habrá dejado huella en el ámbito familiar, especialmente cuando esa fuerte vinculación temporal no desaparece o se desvanece con la culminación del mandato. Asimismo, son incontables y absolutamente necesarios los h...