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AÑO NUEVO.

Ya tenemos la experiencia vital de que entre el 31 de diciembre y el 1 de enero hay continuidad, no hay nada nuevo, no existe, de entrada, ninguna novedad apreciable. Estamos llenos de deseos y buenas intenciones, pero este año la pandemia nos ha provocado tal miedo que nos cuesta decir abiertamente próspero año nuevo. Lo diremos, pero sin ninguna confianza y azotados por una tercera ola, que posiblemente provoque nuevas restricciones. 

No tenemos ni idea de qué nos deparará 2021, pero nos aferramos a la idea de que será mejor. Brindamos por el fin de 2020, como si fuese a marcar el inicio de una nueva era. Sinceramente, no sé qué nuevas cepas, confinamientos o vacunas traerá el próximo año. Pero sí sé lo que me ha dejado este 2020. He aprendido a que no siempre se puede con todo, a que aceptar la imperfección con sus luces y sombras es parte de la grandeza del ser humano. A que hay que practicar la flexibilidad y convivir con la incertidumbre. Que somos frágiles como unidad, pero encontramos consuelo en la fortaleza que sentimos cuando estamos unidos. Que cuanto más nos distancian, más nos necesitamos. Que la vida sin salud no es vida. Este año tan solo deseo que tengamos un año maravillosamente imperfecto, en el que seamos capaces de ser lo más felices posible, y que no dejemos de agarrarnos a todo lo bueno que podamos encontrar, venga como venga 2021. ¡Feliz Año Nuevo!




foto SMCE


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