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Fin de ciclo


Cuántas veces no nos ha ocurrido que, al despedir a algún cofrade "mítico" que se nos ha ido, decimos que con él se va toda una época. Cualquiera de nosotros ha podido tener alguna vez esa impresión. O que por diversas circunstancias dejas de hacer lo que hacías y de pertenecer a algo por que no te ves reflejado con lo que se esta haciendo a tu alrededor. Esto lo llamo FIN DE CICLO.  Los seres humanos pertenecemos a un tiempo y a un espacio dentro del que nos relacionamos y del que, de alguna manera, también somos representantes. Por eso, cuando nos vamos, nos llevamos parte de ellos, solo parte, pues siempre habrá alguien más -de tus años, de tu lugar- para seguir representándolos.

La sensación descrita al principio se torna mucho más aguda y determinante cuando la persona que se va supone el fin de una saga, el último testigo de una generación familiar. En ese momento, a la desaparición física de la persona puede que se una también la desaparición de su entorno físico, de su casa, con lo que el vínculo se hace más débil e intangible, desplazado solamente al territorio de la memoria. Tenemos entonces la percepción de fin de ciclo, algo que se viene sucediendo desde el inicio de los tiempos y desde el punto y hora de que somos finitos y mortales. ¿Qué es lo que nos queda entonces de ese tiempo y de esas personas, de nosotros mismos? ¿Qué es lo que realmente hace trascendente el paso por esta vida? Sin duda alguna, creo que son los valores que las personas representan y portan a lo largo de su existencia lo que no se extingue en cuanto los hacemos nuestros y los entregamos a las siguientes generaciones.
  
Aunque a veces sea inevitable, no debemos sentir tristeza por la ausencia. Celebremos en cambio sus vidas y la vigencia de los valores que nos han trasmitido. Orgullosos de su legado y con alegría.

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