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Febrero


Febrero nos coloca a las puertas de una carrera desaforada que en otro tiempo- seguramente no demasiado lejano- fue plácida y confortante. No había prisa ninguna por anticipar lo que hoy consumimos en todo tipo de formatos desvirtuando lo que un día nos hizo felices. No es eso, no es eso... la memoria- siempre la memoria- sigue siendo el mejor espejo de Alicia para sumergirnos en aquella Edad de Oro sin anticipar las consecuencias de este viaje incierto que no tiene billete de vuelta. Pero el trampantojo de esos cielos altos y entoldados- promesas hermosas de marzo- se convierte en una senda que se adentra en los doblados de nuestra propia vida.
Ha pasado ese frío intenso que también nos ha regalado una crudeza que ya ni recordábamos. Mientras tanto, la espera de la Semana Santa, más allá de la tramoya insoportable que hoy la rodea, vuelve a convertirse en una inmersión en lo que un día fuimos. Las semanas, los días y las horas van pelando la cebolla, devolviendo una luz, un horizonte, el ansiado retraso del atardecer, el olor de las naranjas chafadas, el sabor de la merienda a la vuelta del colegio y hasta la secreta esperanza de encontrar en el buzón ese humilde boletín- sólo eran unas fotocopias grapadas-que nos ponía el reloj en una hora de golpe y nos prestaba una felicidad secreta.

Han pasado ya muchos años y la vida ha pasado su ecuador. Pero seguimos persiguiendo por los rincones de nuestro propio altillo ese retrablillo íntimo de sensaciones que nos enseñaron a amar la Semana Santa.

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