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Ochenta y cinco Viernes Santos


Las hojas del calendario van avanzando y él las va arrancado cada vez más despacio. Aquel eterno Fray Leopoldo de la pared se va haciendo mayor y la alcayata que lo sostiene cada año parece estar un poco más alta. Sentado en  su sillón recuerda cuando subido en una silla su madre le reñía por arrancar los meses, días antes de acabar. Vivía con prisas la vida, sentía necesidad de explorar el destino. Hoy, con 85 Viernes Santos, todos sus recuerdos, sus vivencias, su amores están macados en la memoria.

Su mejor legado en esa otra pared. En el centro, él con su esposa vestido de nazareno. Su capillo en las manos de ella, su túnica morada con los bajos descosidos y con una sonrisa de oreja a oreja. Sus dos hijas, vestidas de novias ante la imagen de Ntro Padre Jesús y cogidas de su brazo. 

En el aparador, todos sus nietos, unos con la túnica al poco de nacer, otros con él en el pretil. Las túnicas de todos ellos guardadas en los cajones de ese aparador, custodiados como si fuera el Arca de la Alianza. Los meses pasan despacio y él en su soledad, se siente acompañado de esa flor  del trono que, junto a él, todo el año está esperando ser renovada por el siguiente. Ya no cuenta días, ni años, ni minutos, solo cuenta Viernes Santos delante de Ntro Padre Jesús Nazareno.

(El protagonista de esta historia tiene nombre y apellidos, pero podría ser ese en el que tu también estas pensando).

SMCE

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