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Que nadie intente cambiarnos

El verano caliente que hemos vivido este año no sólo en lo puramente meteorológico también tiene su lectura cofradiera. Hay cofrades que dejan a un lado faldones y cortejos para descansar un tiempo de la actualidad que no cesa. Pero también están los recalcitrantes. Aquellos que no se empachan con escuchar 'Soleá, dame la mano' mientras se duchan tras una tórrida jornada del mes de julio.

La playa también tiene su punto cofrade. Y no es una rareza escuchar, desde el interior de un coche, la banda de Triana mientras un grupo de cofrades se limpian los pies de arena para no manchar la moqueta interior.

La playa más cofrade que uno ha conocido, de largo, ha sido la de Valdelagrana, aunque la Playa de Regla de Chipiona no se queda atrás. Uno ha tenido la oportunidad de escuchar debatir en pleno mes de Julio a un grupo de cofrades sevillanos si la Carrera Oficial se tendría que ampliar o no, o si tal Cofradía debería cambiar de recorrido, etc.

Recuerdo algunas tertulias deliciosas con algún amigo mientras nos mojábamos los pies en la orilla de la cofrade playa de Valdelagrana. 

El verano puede llegar a ser tan cofrade como uno se lo quiera plantear. Los hay que se olvidan de todo un poco y también quienes sueñan con el bamboleo de unas caídas como si fuese el mismísimo mes de marzo. Hay gente 'pa tó'.

Veranos de incienso. Veranos calientes. Veranos con música cofrade de fondo que sólo sirve de puente para que llegue pronto la Navidad y, con ella, la imagen icónica de la trasera de la cabalgata de reyes. Somos cíclicos. Somos así. Y que nadie intente cambiarnos.

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