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Rancio

¿Cuándo una persona es rancia? ¿Cuáles son sus características? ¿Por qué se identifican? 

            Según la Real Academia de la Lengua Española, rancio se define de la siguiente manera “Se dice de las cosas antiguas y de las personas apegadas a ellas”. 

            Y es que el rancio de por sí es todo un personaje. Podríamos decir que es el típico sevillano, el que no cambia, el que siempre sigue igual, no pasan los años ni las tendencias por él, pero eso sí, no es ni tiene que ser necesariamente una persona antigua. Quizás esa definición de la tan respetada RAE, la defiendan aquellos que ven en el personaje rancio por excelencia a una persona antigua, que no prospera, no avanza, de ideales pasados de moda o desvinculado del avance de los tiempos. Pero ni muchísimo menos, el rancio es una persona que solo sabe definirla el típico sevillano y capillita, que aunque él lo desconozca, también merece tal calificativo.

            El rancio es un personaje de centro, puede que no resida en él, pero sí vive en él y para él. Es una persona que pasea por la ciudad, por su casco histórico, reconociendo de manera indubitada que el mejor museo al que se puede asistir no está entre cuatro paredes, ni en un edificio de vanguardia, sino que el casco histórico es en sí mismo un museo; cada una de sus calles, cada uno de sus rincones, sus balcones y cada una de sus plazas no se pueden comparar ni con el mejor museo de Nueva York. Es el típico personaje que si sale un domingo siempre da el mismo paseo, por las mismas calles, entrando en las mismas Iglesias (porque siempre son las mismas las que están abiertas), y repitiendo las mismas historias que se ha leído en el último libro sobre historias y curiosidades de la ciudad que tiene en su mesita de noche. Es una persona que tiene una expresión muy propia cuando observa o siente algo que acaricia sus sentidos: ¡Esto sí que es Sevilla!

            El rancio es un personaje tan característico, que si por él fuese, en su casa en vez de lozas ponía adoquines. Con persianas de esparto. Un llamador en vez timbre electrónico. Puertas de madera maciza y que necesariamente chirríen cuando se abran. En su casa no pondría bombillas, sino candelerías…y que si de él dependiese se abrigaba en la cama con faldones de terciopelo hasta en Agosto, para quedarse dormido escuchando “Virgen del Valle”.

            El rancio es un personaje que le encanta el tapeo. Le encanta la cervecita y los caracoles. Eso sí, siempre en el mismo sitio. Al rancio no le gusta experimentar. No le agrada tratar sitios nuevos. Siempre va al bar que más cuadros de Semana Santa tenga colgados en sus paredes; en el que no hay carta, sino que hasta el camarero te pregona la misma, como si en el atril de La Maestranza se hallase; no hay libretas electrónicas, sino tizas. El rancio es la persona que por excelencia frecuenta sitios como “El Rinconcillo” o “Casa Ramírez” que huelen a rancio por los dos costeros. Y hasta para comerse su postre helado en las calurosas noches que azotan la ciudad, eligen la heladería más rancia, la que más años lleve en el centro (heladería “Rayas”), porque según ellos: “lo tradicional sabe mejor”.

            El rancio es un personaje muy interesado en la política, pero fundamentalmente en la local. No entiende especialmente de ideologías, si sale uno lo felicitará y si ve al otro le seguirá mostrando su apoyo: hay que cumplir con todo el mundo. El rancio es la típica persona que cuando se encuentra con el nuevo alcalde de Sevilla no le llama “Don Juan Ignacio” no, no…nada de eso…con toda familiaridad para el rancio su alcalde es “Juaninnasio”.

            El rancio es un personaje que ama a las tradiciones. Y es que al chiquillo no es que le guste una fiesta, es que le gustan todas. Al rancio te lo encuentras en Semana Santa con traje oscuro, en la Feria con la corbata de lunares, y en los toros con el pañuelo blanco. Y es que el rancio, amigos míos, sabe vestir, el muchacho no va en bermudas y sandalias, él viste de traje y corbata y las sandalias las deja para salir de penitente. La persona rancia no entiende de izquierdos ni de pasos atrás, le gusta lo tradicional, lo que siempre ha vivido, lo perfecto, lo que siempre ha gustado y lo que no pasa ni entiende de moda. Entre sus hermandades siempre se encontrará una de negro o de ruán, siempre será hermano de El Silencio o La Amargura y será fiel devoto de Morante y su capote.

            Y es que si hablamos del rancio como personajes en las cofradías, entonces perdemos el “sentío”. Porque no se cansa con la Semana Santa, sino que ama las glorias. Su agenda anual no se basa en las vacaciones de verano, sino en las procesiones de cada fin de semana. De hecho, el rancio por antonomasia no es un personaje especialmente veraniego, y es que es verdad que el verano no es nada rancio: desaparecen las corbatas, desaparecen las parihuelas…aunque siempre te lo encontrarás buscando Patronas y Vírgenes del Carmen en todos los pueblos….porque el rancio además es cansino al máximo.

            El rancio tiene una forma muy especial de ver las cofradías. Es rancio hasta para ver la Semana Santa. Meses antes…bueno….todo el año, cuando te lo lleves de tapeo acabarás hablando de cofradías y de los problemas y virtudes de cada una de las hermandades, eso ni dudarlo. Será también habitual que acaben intercambiando ideas del lugar en el que verán las cofradías la próxima Semana Santa. Todo es en vano. Al final, el rancio sevillano, acaba viendo todos los años las mismas hermandades, en el mismo sitio, con la misma marcha, con la misma gente y con la misma chicotá. Eso es así.

            Lo que sí deberían muchos detractores tener en cuenta es que el rancio no es una persona antigua. El rancio es una persona que ama las tradiciones, sus fiestas, sus costumbres. Es un enamorado de su ciudad tal y como fue concebida, que se adecua a los tiempos pero sin alterar lo que en Sevilla es inalterable, lo que no se puede mejorar, porque es inmejorable.
          
(Texto extraído de la web SevillaRancia)

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