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Hay que saber a quien encargar una imagen

Pocas veces se observa en el mundo de las cofradías una opinión favorable casi unánime. Pero la presentación de la imagen en Sevilla del Cristo de la Púrpura, realizada por Navarro Arteaga, se ha convertido en una brillante excepción. En sus obras se aprecia siempre una fuerza expresiva que trasciende la belleza para provocar la devoción. Esto y no otra cosa es lo que se denomina unción sagrada y esa es la finalidad inexcusable que debe buscarse en las imágenes procesionales, hechas no para ser admiradas sino para conmover a devotos y descreídos en sus altares y por las calles. El barroco hizo de su afán por conmover al espectador el fundamento de su concepción estética y esa es la razón de que nuestras imágenes sigan obedeciendo a dicho canon, y no, como algunos suponen, la mera repetición de un modelo del pasado por falta de creatividad. Cuando se abandona este juego de tensiones y se sustituye la fuerza expresiva por lo simplemente placentero, confundimos lo bello con lo bonito (y, a veces, ni eso). Navarro Arteaga no es un caso único, aunque sí es un exponente claro de coherencia y capacidad. Este Cristo de la Púrpura nace para estar en una capilla y gracias a una donación particular. El futuro dirá si sube o no a un paso. Esto ahora importa menos. Lo que conviene destacar es que hoy se puede seguir haciendo mucha y buena imaginería. Todo depende de la capacidad del artista y de que quienes encargan las obras conozcan su verdadera función. 

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