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De lo que vimos y ya no vemos; de lo que fuimos y ya no somos.

Viernes Santo en Daimiel ,Ciudad Real
Foto Juan Moya


De lo que vimos y ya no vemos; de lo que fuimos y ya no somos. Ésta debería ser la máxima que figurara, como un memento mori, al frente de cada reflexión sobre la Semana Santa. Escribir en torno a la misma nos hace recurrir a la huella de miradas y sensaciones que sólo viven ya, irremediablemente, como recuerdos. Por encima de la actitud personal ante esa fiesta compleja y frágil, resulta difícil para los cofrades no haber participado de modo activo en ella en algún momento.
Incluso al dejarla de lado requiere, salvo extrañas excepciones, haberla vivido, para así poder apartarse de ella con la conciencia de que el beneficio supera a la pérdida.

Los territorios de la Semana Santa son, por ello, los de nuestra mente. Los ritos de evocación adquieren una especial naturaleza cuando se refieren al tiempo que la fiesta ocupa, ya que no hablamos tan sólo de una cronología histórica, sino que nos referimos sobre todo a una experiencia interior compartida tan sólo de modo parcial. La Semana Santa configura, en esta  medida, una rara forma de patrimonio, un patrimonio privado del que somos los mejores conocedores e intérpretes: por mucho que personas cercanas- familia, amigos...-lleguen a estar cerca del mismo, sus claves se apoyan sobre unos cimientos que hemos construido con el correr de los años. 

Paradójicamente, nos esforzamos a menudo en transmitirlas, sin darnos cuenta de que la tarea es imposible: la educación sentimental que termina por convertirnos en parte de la fiesta demanda, de modo casi inapelable, que creamos propia nuestra propia mirada con fragmentos de lo heredado y, sobre todo, con la experiencia personal.

Una vez asumido esto, resulta fascinante  pensar que existió una impresión primera en nuestros ojos cuyo recuerdo no es posible convocar, a no ser que, de modo engañoso, salga la imaginación en auxilio de la memoria.

Poco a poco vamos dejando de ser niños, y nuevas impresiones se añaden como sedimentos que la Semana Santa deposita en la secuencia de nuestra vidas. 

Al mediar el aprendizaje junto a los que nos precedieron en ese proceso, comenzamos a participar de sus juicios, a recibir una parte del legado que ellos han ido construyendo y que , como ya se ha señalado, tienen la necesidad de transmitir. Sin embargo, es en esos momentos cuando la Semana Santa empieza a ser nuestra de un modo natural, y vamos tejiendo sin prisa el tapiz que una y otra vez reharemos hasta que la fiesta deje de ser, por una u otra circunstancia, parte de nosotros.  Es aquí donde, de un modo ingenuo, osaremos emitir- a veces en silencio- nuestros propios juicios sobre lo que se nos ofrece, donde se irá formando nuestro modo de ver y donde, tímidamente, la devoción y la admiración irán reclamando sus respectivas parcelas poniendo de manifiesto otra gran frase que resume todo esto, la mirada que fue y la que difícilmente volverá a ser.

SMCE

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